Diario de Aventura

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Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Mar Sep 30, 2014 3:24 am

Yo, Arem Holf, me comprometo a que todo lo narrado aquí es veraz y, si algo falta a ello, es porque he sido víctima de un engaño o mala interpretación de los sucesos.

Primera jornada

           Tras varios días a lomos de mi montura y tomando la ruta más segura, pues viajar solo implica peligros, llegué puntual a la cita que ofrecía el Gremio de Aventureros. Allí, sobre un antiguo templo de Tiamat, se dispusieron un buen numero de mesas para que los aspirantes pudieran saciar su hambre y sed.

           En el centro, como corresponde, las personalidades ilustres charlaban agradablemente. Como es de rigor me acerqué a presentar mis respetos; allí Darren “el aventurero” mostró su generosa hospitalidad invitándome a compartir mesa con él y sus compañeros. La conversación fue de lo más gratificante y ambos intercambiamos historias; como es evidente, su amplia experiencia se hizo valer, lo que lo llevó a contar con humildad más de una docena de anécdotas de gran interés. Creedme si digo que quien lo escucha se queda pasmado por lo que dice.

           Finalizada la buena comida, Darren tomó la palabra —disculpad que no transcriba sus palabras, pero no me pareció correcto en el momento—. Nos resumió que esta iniciativa era una de los muchos planes de contingencia en caso de que el dragón rojo volviese. Nuestro objetivo consistiría en explorar antiguas fortalezas élficas y en ellas localizar una serie de portales. Luego se dio paso a unas sencillas preguntas y pruebas mágicas para separar a los capaces de los advenedizos.


           Temerosos de que mi noble cuna fuese un impedimento para el trabajo sucio del aventurero se me preguntó si realmente creía que aquel era mi lugar. Lejos de verme molesto —se ha de comprender al vulgo— dejé clara mi más que sincera disposición. Después me aproximé a un aguerrido norteño —dado que dar nombres de plebeyos confundirá al lector, los he bautizado para facilitar su reconocimiento— que afirmaba ser un elegido del mismísimo Odín. ¿Qué puedo decir? Era una clara señal de que junto a él los dioses nos mirarían con mejores ojos.

           El siguiente en unirse a la compañía, que el Elegido y yo creímos adecuado formar por buenas gentes de Orenheim, fue un bardo —Scalda a partir de ahora— que pudiese narrar de la forma adecuada nuestras acciones. Aquí nos separamos para cubrir un mayor terreno en la búsqueda de compañeros; a decir verdad no encontré a nadie adecuado para lo que buscábamos.

           A mi regreso se había formado un pequeño grupo que atrajo la atención de un mancebo empolvado, esa clase de hombre que disfruta aireando los dolores del orgullo ajeno, quien buscaba avergonzar a todo aquel que veía. Como es evidente, no tuvo nada que decir de mi persona, el Elegido o el Scalda, pero sí vertió entre exageraciones lo que pretendía que fuese una humillación pública. Esto me pareció insoportable y me vi obligado a invitarlo a buscar otro público. Viéndose apabullado por la fuerza de mis palabras y —digámoslo— la presión del grupo, se plegó como quien era y desapareció con su molesta charla.

           Estos hechos parecieron formar lo que sería el grupo con el que compartiría campaña; un siervo de Pelor expulsado de su templo por herejía —sospecho que su mayor delito es tener una mente muy alejada de la realidad, así que lo llamaré Ausente— un semiorco al que llamaré Bravo, pues fue capaz de romper sus cadenas de esclavo y parece salido de alguna verbena.


           Ya que esto fue demasiado sencillo, los problemas no tardaron en llegar, un semielfo de muy al sur —Sarraceno lo llamé— trató de engatusarnos. Poco o nada tardamos en descubrir que, en realidad, se trataba de un elfo. Pese a mi consejo, el grupo consideró que era más seguro tenerlo vigilado; si se me pregunta, diré es una idea nefasta.

           Cuando nos disponíamos a seleccionar en el mapa la primera fortaleza, ya decididos por la única de Orenheim, una daga se nos adelantó. Un hombre parco de palabras —dejémoslo en Mudo— la reclamó para sí. Un misterioso cuervo recogió su arma y se la llevó.

           La señal era tan evidente que hasta el Bravo fue capaz de verla; aquel silencioso individuo debía formar parte de la campaña y de esta aventura.


Última edición por Arem "Norteño" Holf el Mar Dic 02, 2014 1:45 am, editado 2 veces
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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Mar Oct 07, 2014 1:55 am

Segunda jornada.

Así fue como el grupo partió tras el silencioso Mudo. A decir verdad, el valeroso pero algo impulsivo Elegido tuvo un desaire con él. Esto ocurrió porque, fiel a las tradiciones, Elegido pretendió saber el nombre de Mudo —como resulta evidente, una nimiedad al tratarse de plebeyos—, mientras que su carácter retraído lo llevó a no presentarse de la forma adecuada. Yo, Arem Holf, más versado en el trato con gentes de todo tipo, logré que ambos tomasen la misma ruta en armonía.

Algo rezagados por el debate sobre la corrección en los modales, dimos alcance a parte del grupo que se había adelantado en busca de un lugar donde hacer noche evitando así peligros innecesarios. He de suponer que el Bravo fue quien eligió, con poco atino para nuestra causa, el lugar. Se trataba de Greenhill, donde se encuentra la mayor biblioteca de la región.

El asunto es que sus habitantes disfrutaban de un lánguido, extenso y algo atolondrado asueto tras el duro esfuerzo del estudio. Como ya he comentado, el Bravo parecía salido de aquel tipo de situaciones, así que sin perder tiempo se aseguró de calmar la sed del viajero y, con la sabiduría de un hombre de mundo, se empapó de la cultura local.

En lo personal preferí no perderme en densos debates filosóficos como los que allí se celebraban y me limité a dormir para estar fresco al día siguiente. Dado que mis compañeros, inconscientes de la importancia de un buen descanso, habían bebido algo más de lo adecuado me vi en la tesitura de recogerlos mal durmiendo por las calles u ofendiendo la generosidad de las mujeres del lugar; ese Sarraceno casi causa un altercado.

Dado que el resto del viaje hasta Highorn discurrió sin grandes problemas, recuperamos fuerzas en el poblado y luego subimos hasta la fortaleza, siempre con el Muro y, por tanto, las Tierras Muertas a nuestra izquierda —cualquiera que diga no sentirse vulnerable en esas latitudes, miente—, así que reuniendo nuestro fiero temple llegamos a las puertas de la fortaleza enana, grandiosa y regia como le corresponde.

Allí fuimos recibidos por el buen y devoto siervo de Moradin, Vultan Tumbalomas —no había visto a muchos enanos hasta ese día, pero en presencia de Vultan comprendí por qué afirman que fueron forjados por su eterno padre—. Fuimos escoltados hasta la entrada de aquellas ruinas élficas.


Antes de continuar cabe destacar que un grupo de insensatos y miembros del gremio había entrado poco tiempo antes que nosotros, era evidente que nuestra misión ahora no solo era de exploración, sino de rescate.

Enardecidos por la situación, descendimos al interior de aquel pérfido lugar, donde no tardamos en encontrar los restos del primer grupo; todos muertos de formas que buscaban una satisfacción personal en su asesino. Finalmente, encontramos a una mujer. Como es sensato, la sometimos a un estudio mágico, el cual reveló que estaba afectada por un hechizo de transmutación —ya en este instante el Scalda, el Sarraceno y yo vimos que aquello debía tratarse de una trampa—. Pero el Elegido, privado de la sabiduría de su patrón, decidió sacarla de aquel lugar confiándola a Vultan.

Gastamos un buen tiempo en explorar el resto del lugar: un pasillo cubierto por saeteras mágicas nos obligó a arrastrarnos para salvar su fuego; tras ese atolladero, una sala circular contenía un amplificador mágico, arcano, que conectaba con un portal desconectado en ese momento. En la sala circular dimos con una puerta oculta que los brazos del Bravo abrieron a golpe de pico.

Lo que nos deparaba la cámara inferior marcaría los días venideros. Allí, dormida en una cama con dosel, estaba la verdadera mujer —y no la que poco antes había liberado el Elegido—. Apurando el paso corrimos a prevenir a Vultan, quien guiado por su buen corazón la había dejado marchar creyéndola libre de toda sospecha. Se nos impidió el paso, debíamos finalizar la exploración.

Las cámaras inferiores daban a un largo pasadizo que culminaba en una capilla en honor a Pelor cubierta por las más fuertes custodias. Tras sus puertas se encontraban las Tierras Muertas, un lugar realmente lúgubre. Volvimos a cerrar las puertas y nos aseguramos de afianzarlas lo mejor que pudimos.

Como es de suponer, unas ruinas élficas siempre guardan una sorpresa —por lo general, desagradable—. Allí, una cámara de tortura se mostraba ante nosotros; dos de sus habitantes habían mal vivido hasta el punto de perder la cordura y convertirse en menos que la sombra de dos hombres.

El debate ético parecía claro; en ese estado lo más digno era darles la muerte, pero el Bravo, de malos modos y amenazando con dársela a quien les hiciera daño, los sacó de allí —es evidente que la razón no lo acompaña para cometer semejante despropósito—. Poco quedaba para que entendiese por qué el Ausente era acusado de herejía.

Los regios enanos nos permitieron la salida. Mientras informábamos a Vultan de los hechos, el Ausente tuvo la osadía de faltarle al respeto en al menos dos ocasiones y de desoír las sabias palabras con las que nos aconsejaba.

Aquí el grupo se dividió en dos: el Bravo, el Ausente y el Sarraceno fueron a buscar un lugar donde cuidarían de los dementes —válgame esa cruel piedad como ejemplo de su insensatez, privarlos de una muerte digna para dejar que padezcan los males de Loki hasta el fin de sus días—; el resto del grupo, más dispuestos a lidiar con los temas urgentes, fuimos tras el rastro de la criatura que fue liberada por el Elegido.

Como es evidente, alguien capaz de cambiar su aspecto a voluntad no había dejado rastro alguno en Highorn, así que sin perder más tiempo tomamos el único camino del lugar tratando de darle alcance.

De nuevo la ardiente sangre del Elegido lo volvió impulsivo, arrancó al trote y se perdió frente a nosotros. Horas más tarde lo encontramos mal herido e inconsciente —a un ojo poco versado en la cultura de Orenheim se le escaparían las evidencias que allí vi— rodeado de los cadáveres de tres lobos. Usé las artes que me concede el gran Tyr para sanarlo.

Es evidente que Fenris estaba decidido a truncar la sagrada misión encomendada al Elegido y que Odin, como gran padre, había concedido la victoria a su ungido; pero no sin dejarle un recuerdo de que debía ser más cauto en el futuro.
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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Lun Oct 20, 2014 12:17 am

Tercera jornada

Conscientes del problema que suponía haber liberado a un cambia formas de su prisión, los cuatro norteños —Mudo, Scalda, Elegido y yo, Arem— espoleamos a nuestros recios corceles por las empinadas lomas de Orenheim y sus fríos caminos hasta alcanzar Crossroads. Para quien lo desconozca, Crossroads es una ciudad rodeada de barriadas formadas con viejos carromatos transformados en casas; esa parte de la ciudad parece temporal a primera vista. Tras sus murallas la configuración es propia de un centro con mucho trafico comercial.

Esta ciudad era el primer lugar grande tras Highorn. Supusimos que el bullicio y el buen comercio favorecerían que alguien parase para equiparse y luego pudiese pasar desapercibido. Nos encontramos con un gran problema, pues no sabíamos por dónde empezar; por fortuna contábamos con las habilidades de Mudo —hasta este momento, y dada su constante reticencia a hablar, sabíamos poco o nada de sus talentos, salvo que dedicó su juventud a estudiar la magia— fue capaz de adivinar de algún modo arcano cuáles serían sus primeros pasos.

A toro pasado puede parecer evidente, pero en aquel momento no teníamos tan claras sus prioridades; guiados por la clarividencia de Mudo, decidimos poner dirección al mejor lupanar de todo Crossroads. A desgana oculté mi sobrevesta y preferí montar guardia a la puerta. Haber luchado por el honor de mi hermana y tener una madre fuerte, así como cierto orgullo de guerrero, hacen que no me gusten las prostitutas. Por otro lado, considero que alguien de buena familia no debe frecuentar esos lugares; aunque lo hagan, claro.


Así fue cómo conocí a un mandingo, que como yo montaba guardia a la puerta, un plebeyo acostumbrado a usar un lenguaje burdo y con un abuso absoluto de la confianza en los extraños; ignoré sus chanzas con paciencia. Desconozco lo que sucedió allí dentro, pero en un momento se hizo llamar a un buen numero de profesionales. Más tarde, la regente del lugar fue al mercado a por una gran cantidad de fruta. Quiero suponer que esto puso sobre aviso a mis compañeros, aunque me temo que fueron otros los motivos para necesitar tal cantidad de servicios.

Tras todo esto, Scalda salió y nos dispusimos a reunir información en otro lugar. Mientras buscábamos alguna pista por el mercado, los ruidos de una reyerta nos interrumpieron incluso antes de que pudiésemos iniciar nuestras indagaciones. Corrimos hasta el lugar, donde una muchacha de apenas dieciocho años se desangraba en el suelo. Elegido y Mudo habían sido detenidos como presuntos responsables. Por desgracia, el golpe que le habían asestado fue tal que para cuando logré atenderla ya era demasiado tarde y su alma, al morir en combate, iba camino de Valhalla.

En un primer momento sospechamos que la joven era el cambia formas, pero el examen póstumo que realicé lo descartaba totalmente. En este momento, y estando en el hogar de mis dioses, resultaba evidente que Loki disfrutaba viendo cómo un elegido de su padre se convertía en un asesino de inocentes. Mientras velaba por el cadáver, Scalda ideó un ardid con el que liberar a nuestros compañeros. Fue tan elegante en su ejecución y astuto en su plan que a partir de ahora sí considero que su nombre es relevante; Harald, así lo nombró su padre.

Pese a todo, nuestros compañeros son gente de voluntad firme y Elegido tuvo que ser engañado para que aceptase la libertad. Por su parte, Mudo prefirió permanecer encarcelado. Por algún extraño motivo creía que aquel lugar le facilitaría encontrar su libro de conjuros robado. Cuándo se lo sustrajeron es algo que no está claro y no es relevante para lo que viene a continuación. La noche de ese mismo día, cuando nos disponíamos a un breve descanso antes de continuar nuestra investigación, un grupo de ladrones vino a nuestra posada.

Heindall, siempre vigilante, hizo nuestro sueño ligero y nuestro oído agudo. Y los sutiles pasos de aquellos pícaros que pretendían robarnos nos pusieron sobre alerta,  por lo que pasamos a la acción. Protegí a nuestro buen posadero mientras mis compañeros reducían en pocos latidos a los asaltantes. Capturando a uno de ellos, Elegido —que como buen guerrero sabe ganar una batalla sin blandir su arma— doblegó su voluntad y supo sonsacarle quién los enviaba. Este desliz era la clave para localizar al cambia formas.

Aquí surgió un terrible problema. El embuste de Harald daba por muerto al cambia formas, cuando no era así. Para cubrir su rastro, el astuto truhan se había echo pasar por el mandingo del que hablé con anterioridad. Elegido, creyendo compinchado con nuestro perseguido fue con toda la fuerza de quien hace justicia, pero no era así. El mandingo resultó ser un bailarín, de echo ni el arma con la que montaba guardia era real. No negaré que no me pareció adecuado que la situación le recordase su lugar, pero me vi obligado a romper mi silencio.

Hasta el momento simplemente no había sacado de su engaño a Elegido; la premura de la situación y no ser consultado en ningún momento me ahorraron el tener que mentir. Cansados, regresamos a la posada, donde Elegido volvió a interrogar al bribón que pretendió robarnos. Esta vez le sonsacó dónde encontrar a su jefe. Planeamos el día siguiente y, en un acto de piedad que solo un hombre de gran corazón haría —Elegido— liberó y dio un dinero a aquel ladrón para que pudiese reencauzar su vida. Yo, conocedor de los de su calaña, habría sido menos generoso.

A primera hora solicité audiencia con el jefe de la guardia de Crossroads, de nombre sir Ander. Me alegró tratar con un igual; la conversación fue rápida y razonable. Sin perder el tiempo en pormenores se puso bajo mi custodia a Mudo. Como muestra de agradecimiento hice un pequeño donativo, algo simbólico, para que la guardia pudiese renovar su equipo. Como ya he dicho antes, Mudo es poco hablador y cuando habla no es para ser agradable precisamente; había recuperado su libro y preguntó por algo que desconocía.

En esta parte, por razones de privacidad, no seré muy preciso, pero logramos reunirnos con el señor del gremio de ladrones, alguien realmente profesional. Su moral podría ser discutible, pero su ética laboral era intachable. Sin embargo, las tensiones acumuladas se cobraron la frágil unión entre Elegido y Mudo; jurándose enemigos irreconciliables se separaron. Tras apañar un acuerdo con el líder gremial calló la noche y acabamos por tener una reunión bastante tensa con el cambia formas.


No era otra cosa que un tiflin; astuto, eso sí, pero con demasiados lazos pendientes.

Desesperado, trató de comprarnos un pergamino mágico que abandonó a su suerte en las ruinas élficas, pero Harald nos había advertido del peligro que suponían aquellos pliegos así que con un hechizo lanzado al aire y una negativa en firme la reunión acabó.  Resultaba evidente que sin el pergamino se consumiría y los pactos realizados devorarían su alma. En mi opinión, aquella criatura era un cadáver en vida y ayudarlo a morir poco antes no sería justo, pues su desgracia era un gran ejemplo de lo que no debe hacerse.

Elegido había hablado con la madre de la joven. La culpa del asesinato caía sobre sus hombros al punto de encorvarlo y cegar su poca razón. Dispuesto a resucitarla o, al menos, intentarlo, alquiló una carreta y se encaminó a Highorn. Según se decía, Vultan Tumbalomas era capaz de devolver la vida a los muertos. Pero como es evidente un desgraciado accidente no es suficiente para que magia tan poderosa sea conjurada. Totalmente derrotado, Elegido tomó la decisión de buscar por su cuenta una forma de derrotar al temible dragón rojo.

Con la palabra de buscarlo si encontraba el medio y una carta con la que mi familia le ayudaría en una ocasión, volví a Crossroads para celebrar la cremación de la joven. De poco sirvieron mis palabras de aliento y mis mentiras piadosas de que la joven no deseaba volver porque ahora bebía junto al gran padre tuerto. Antes de regresar al gremio de aventureros tuve un encuentro con el líder gremial, menos tenso; me pareció la persona adecuada para solventar los problemas de asaltantes en las rutas familiares.

Entiendo que los negocios pueden implicar mancharse las manos; tratar con esta gente no me resulta un problema, es un sacrificio que hago por mi familia. Como cuando juegue mi dignidad y futuro en una liza bastón en mano. Lo que me supo mal es el egoísmo que vi en aquellos dos hombres, incapaces de respetarse o entenderse, ya no se hable de cooperar. Entiendo que este camino lo recorro para prepararme para ese combate a bastón, pero veo lo lejos que se encuentran muchos de las enseñanzas de mi patrón, Tyr, y no puedo evitar sentirme algo alicaído.
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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Lun Oct 27, 2014 9:16 pm

Cuarta jornada

Volviendo hasta la actual sede del gremio de aventureros sin más compañía que mis pensamientos y mi caballo me puse a pensar acerca de si realmente este sendero de noches al raso, difíciles decisiones y peligrosos combates me llevaría a cumplir mi principal objetivo, derrotar a la princesa Brundir con el bastón. La verdad es que cuando hice noche en Greenhill, ahora algo más tranquila, durante mis oraciones pude sentir cómo mi conexión con Tyr había mejorado notablemente,  así que esa noche tomé la decisión de continuar en el gremio.

Una vez me hube reunido con mis compañeros formamos un nuevo equipo: Harald, Ausente y un recio highlander que se nos quiso unir. Alguna clase de veterano de guerra, esa clase de guerreros que como única armadura viste su kilt, cargado con cuatro espadas —dos de ellas a la espalda, algo que las vuelve inaccesibles— respondía al nombre de Kincaid Bannerman —de no ser por sus reseñables dotes como guía evitaría el uso de su nombre como vine haciendo hasta ahora—.

Tras algunas deliberaciones pusimos rumbo al reino de Enor —hogar de mi familia materna— pero para poder alcanzarlo deberíamos cruzar las peligrosas arenas de Dumar, un desierto árido que se extendía hasta los pies de nuestro destino, la fortaleza conocida como “la Última Esperanza”, nombre ganado tras la lucha con el dragón rojo. Fue en estas tierras donde Kincaid demostró sus habilidades como guía.

La ultima noche de nuestro viaje fue la más peligrosa, dos caimanes de las arenas —criatura de la que desconocía su existencia— trataron de acecharnos, pero, como ya dije, Heindall había concedido un gran oído a Harald que nos alertó a tiempo. El combate fue encarnizado, las bestias cubiertas por una gruesa piel parecían inmunes a nuestros filos e hirieron de gravedad a todos mis compañeros; algunos llegaron a perder el sentido por el dolor. Por fortuna Tyr, siempre justo con los valientes, nos concedió una victoria —ajustada, pero merecida—. Conservando el resuello necesario, y de nuevo por la gracia de Tyr, pude sanar las heridas de mis valerosos compañeros.

Alargando el último tramo del viaje llegamos extenuados a “la Última Esperanza”, donde los Guardias Grises —quienes hacen el trabajo sucio de Heironeus— nos dieron asilo. Al día siguiente, con nuevas fuerzas y ya libres de la arena del desierto, solicitamos acceso a las ruinas élficas.
Confiado por la reciente victoria, y pensando que mis oraciones diarias serían suficientes, nos adentramos en un lugar en el que incluso los estoicos Guardias Grises se cuidan de entrar.

No me resulta fácil explicar lo que allí vivimos. Debíamos avanzar iluminándonos con linternas y hechizos de luz, las trampas nos esperaban a la vuelta de cada esquina y Kincaid —que encabezaba la marcha— fue golpeado por lanzas surgidas de la nada, rocas desprendidas del techo y probablemente algo más que no supe identificar. Así alcanzamos una serie de estatuas; representaban guerreros elfos de un clan que perdió la cordura tratando con entes de otras dimensiones.


Los pisos subían y bajan sin sentido, en uno de ellos un estanque de agua escondía un anillo mágico, el tesoro nos alentó y continuamos hasta topar con un cofre. Supongo que ninguno lo vio venir, pero cuando Ausente se dispuso a abrirlo, reveló su verdadera forma. La tapa era, en realidad, fauces que masticaron al sirviente de Pelor y el barniz una dura resina que adhería las armas con las que lo golpeábamos.

La fuerza del highlander, la astucia de Harald y mi acero lograron dar muerte a semejante abominación. Por segundo día consecutivo los dones de Tyr cerraron las heridas de mis compañeros, especialmente de Ausente que había sufrido terribles laceraciones y sangraba profusamente. La oscuridad de aquel lugar evidentemente impedía que Pelor cuidase de su pupilo; solo un dios recio como Tyr u Thor lograba penetrar en los horrores de aquel lugar.

Así alcanzamos una gran sala donde diferentes estatuas de guerreros elfos portaban armas mágicas y alguna clase de diadema, mágica también. A partir de aquí todo fue a peor; nos topamos con una puerta cerrada de la que surgía un ojo que con su sola mirada envolvía en llamas a todo lo que se moviese. En otra sala unos símbolos de Pelor falsos se tornaron en tentáculos de sombra que trataron de golpearnos, pero esto solo era el inicio.

Guiados por el lamento de alguna criatura nos adentramos en las profundidades de aquel lugar, el suelo cedió bajo nuestros pies y dimos de bruces con un cementerio de  una criatura enorme donde era de día. Lastimados, nos las apañamos para subir; entonces el lamento se volvió cada vez más fuerte. Surgiendo a través de las paredes —como si de un fantasma se tratase—la criatura nos fue robando la fuerza de nuestros brazos y piernas.

Debía ser consciente de que Tyr me protegía, pues me tomó como su principal objetivo. Casi sin aliento, la persecución nos hizo perdernos en aquel lugar. Exhaustos, y al carecer de un arma capaz de herir a la criatura, hubiera preferido retirarme para que nos reagrupasemos, pero Kincaid prefirió hacerle frente, pues él se había apropiado de una de las armas mágicas. Desorientados, encontramos una estatua de la que surgían los lamentos; tras ella, un árbol se elevaba desde unas raíces de piedra .

Dispuse mi maza y justo con Kincaid la hicimos sangrar —pues aquello era carne y piedra a la vez—. Mis compañeros fueron atacados por aquella criatura etérea que ahora tomaba forma física; utilizaba la fuerza que nos robó y de tan solo un golpe dejó fuera de combate a Ausente y de otros dos a Harald. La lucha que siguió fue realmente encarnizada; Kincaid, poseído por una furia ciega y yo, por las ansias de venganza, le dimos muerte.

Tyr, alabado sea, con un último hilo de energía me permitió estabilizar a mis compañeros que se desangraban en el suelo. Mientras, Kincaid supo abrir un cofre del que rescató unos pergaminos, entre ellos y por pura fortuna —obra de Hermod, sin duda— uno con el que pude recuperar mis fuerzas. Me eché a  Ausente a la espalda, ya que permanecía inconsciente, y comenzamos a buscar una salida.

Aquel lamento volvió otra vez sobre nosotros, pero logramos eludirlo alcanzando la salida de aquel lugar tan caótico. Una vez fuera de él los Guardias Grises atendieron las heridas de mis compañeros, ya que por obra de la divina protección de Tyr yo estaba en perfectas condiciones; cansado, algo magullado y cubierto de suciedad, pero sano como antes de entrar.

Sabiendo que sería una falta de respeto hacia Heironeus —y un hombre debe cuidarse de ofender a los dioses, aunque estos no sean tan fuertes como su mentor— busqué un lugar donde poder orar en agradecimiento a Tyr. Es por él por lo que sigo vivo, por él que Hermod se molestase en colocar aquel pergamino y por él que mis armas fueran precisas en la batalla.
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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Mar Dic 02, 2014 1:42 am

Quinta jornada

Tras un merecido descanso entramos de nuevo en aquel lugar horrible; los Guardias Grises nos negaron el acceso, pues decían que aquello era su responsabilidad —pobres ilusos, realmente creen que Heironeus es capaz de protegerlos, hicieron falta dos deidades mucho más fuertes para que sobreviviésemos, solo espero que su osadía no cueste vidas innecesarias— así que pusimos rumbo a la siguiente ruina élfica.

Antes de continuar conviene que haga una importante anotación; Sarraceno y Mudo se nos unieron como refuerzos, mientras que Ausente decidió quedarse con los Guardias Grises —al parecer la experiencia cercana a la muerte lo había marcado de algún modo—.

Nuestro nuevo objetivo era Rockaxe —capital de Enor y hogar de mi tío segundo David Faust—. Decidimos viajar por el oeste pasando por Muronegro; pese a que he vivido gran parte de mi vida en estas tierras no tuve la fortuna de visitar esta urbe, pero estaba en una de las partes más afectadas por la lucha con el dragón así que recorrimos una tierra desolada y triste hasta el casco urbano.

La verdad es que la cosa no mejoró cuando entramos: edificios destruidos, otros abandonados y una población llena de expresiones tristes —los enorianos son recios, sin duda, pocos pueblos podrían conservar el orden tras pagar un precio tan alto—. Nos detuvimos allí a pasar la noche y a comer caliente; quien haya viajado alguna vez sabrá cómo se agradece una cama y un plato de comida caliente. Kincaid y yo buscamos un hospedaje, mientras Harald y el resto se perdían por la ciudad.

Tras unas horas encontramos, además de un lugar donde comer, a un mago un tanto peculiar llamado Xian; Xian es un especialista en la identificación de objetos mágicos. Aunque como he visto en mis compañeros, la magia arcana corrompe la cordura de aquellos que la usan; un precio a pagar por quienes violan las leyes de la naturaleza.

Una vez repusimos nuestras energías seguimos el viaje hasta la gloriosa Rockaxe, el viaje fue tranquilo, el calor del verano y sus días más largos lo hicieron algo más agradable. Ya llegando a la capital de Enor nos cruzamos con los Caballeros Azules, que patrullan los caminos y mantienen el orden en general —una clara señal de que el reino comenzaba a levantar cabeza—.


Así llegamos a Rockaxe, una ciudad impresionante incluso en su peor momento; con la documentación que nos facilitó el Gremio de Aventureros pudimos flanquear sus puertas —no es de extrañar que sean tan precavidos con quien entra y sale de la ciudad—. Una vez dentro, mientras mis compañeros iban a sus quehaceres, me dirigí a casa de mi tío David.

Tío David siempre ha sido un devoto del trabajo y de Pelor; estas ocupaciones lo han llevado a seguir soltero durante muchos años. Ahora, más que nunca, emplea sus energías en colaborando con el culto a Pelor para reconstruir las lineas comerciales. Además, es un gran anfitrión; estuvo encantado de acogernos en su casa.

Allí conocí a Erika, una huérfana de la guerra, a la que tío David —predicando con el ejemplo, como buen devoto de Pelor— dio techo y trabajo en la casa. La verdad es que semeja adoptada, seguramente la ve como a la hija que nunca pudo tener. De hecho, no tardé mucho en tratarla como a mi prima; es de esas personas que se hacen querer, supongo.

Una vez cumplidos los deberes familiares fui a la gran catedral de Rockaxe — eregida en honor de Pelor— a informar de que al día siguiente entraríamos a explorar las ruinas élficas que alberga su sótano. Luego disfrutamos de una generosa cena; Kincaid se mostraba inapetente y no paraba de hacer preguntas sobre una jovencita que trabajaba en el orfanato mientras esperaba ser ordenada en el culto a Pelor.

Nos fuimos a dormir pronto, aunque sospecho que Harald estuvo hasta tarde hablando con Erika —supongo que quedó prendado de la larga melena roja de mi prima adoptiva—. Ya al día siguiente nos levantamos con calma, salvo Kincaid que madrugó para comprar flores para la joven del orfanato. Nos pertrechamos y nos presentamos en la catedral listos para actuar.

Allí se nos unió un clérigo de Pelor —sé que son gente de corazón noble, pero no creo que esa persona fuese la adecuada para el trabajo— llamado Antonio. Entramos en las ruinas y al poco dimos con el portal; mas eso fue un terrible problema. Todos los protegidos por Odín o uno de sus hijos—véase todos menos Harald y yo, luego explicaré el pecado de Mudo— fueron abducidos por el portal.


Harald se rodeó con una cuerda, que yo debía sostener, y trató un rescate a la desesperada, pero la fuerza con la que fue absorbido por el portal iba a arrastrarnos a los dos. Tomé una decisión difícil en una fracción de segundo; para algunos no es la más acertada por ser poco moral —según las gentes de corazón blando que adoran a dioses como Pelor—, pero sí la más sensata desde el punto de vista práctico.

Solté la cuerda y lo hice porque era la única forma de poder ir en busca de refuerzos con los que rescatar a mis compañeros. Un sacrificio no debe hacerse en vano, sin un objetivo claro y mucho menos sin un fin elevado que obtener; lanzarme contra el portal solo serviría para estar atrapado con ellos y sin que nadie supiese que necesitábamos ayuda con urgencia.

Antes de seguir haré un apunte; Mudo cometió un grave pecado, renegar de sus dioses en favor de Pelor —pese a las más que abundantes evidencias de que no era capaz de proteger ni a sus más fieles seguidores, como ya conté en la jornada anterior— por tan solo los juegos de luces que se veían durante el culto en la gran catedral, una polilla con forma humana al ojo de Odín.

Me puse manos a la obra. Primero preparé un paquete con provisiones y una nota en la que anunciaba que estaba buscando ayuda para poder sacarlos de allí. Luego la hice pasar por el portal y escribí una carta diaria al Gremio de Aventureros solicitando ayuda para poder lidiar con el artefacto mágico fuera de control.


Pasaron varias semanas sin respuesta alguna del Gremio de “Aventureros”. Por mi parte, traté de localizar a alguien con conocimientos sobre la materia, pero fui incapaz . La siguiente noticia que tuve de ellos me llegó desde el gremio; al parecer, alguien quería cobrar la exploración de las ruinas y se requería mi presencia en la sede para arreglar el asunto.

Así que ensille mi caballo, até los de mis compañeros, cargué sus cosas en ellos y me dirigí a la sede gremial. Supongo que no tengo que explicar lo decepcionante que me resultó ser ignorado por quien se atavía con la superioridad moral de buscar una forma de enfrentarse contra el dragón.

El recuerdo hace que me hierva la sangre, así que el desenlace de este bochornoso capítulo lo dejaré para la próxima jornada.
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Arem "Norteño" Holf

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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Lun Dic 08, 2014 10:21 pm

Sexta jornada

Como decía al final de la anterior jornada el gremio de aventureros dio de lado al grupo cuando encontramos un portal activo. Busqué ayuda por la ciudad pero, salvo ofertas de consuelo —propias de débiles que rehúsan actuar— no encontré nada a tiempo. Con mis compañeros iba un sacerdote de Pelor llamado Antonio.

Antonio fue una joven promesa: canalizaba desde niño la luz de Pelor y mostraba una gran soltura con los idiomas; cuando fue adulto ya hablaba seis de ellos. Con una mente hábil y las bendiciones de Pelor creció fuerte y sano, hasta que una desgracia ocurrió en su vida. Un día, limpiando el órgano de la gran catedral de Rockaxe, cayó abriéndose la cabeza. Desde ese día no volvió a ser el mismo, llegó a firmar como “Hantonío” y su dominio de las lenguas se entumeció.

Como es lógico, saber que los acompaña un fatuo no me tranquilizó lo más mínimo. Mientras me devanaba los sesos en cómo conseguir una forma de sacar a mis compañeros de allí recibí una carta del gremio. En la carta se requería mi presencia para realizar el pago por la exploración de las ruinas élficas. Mi primera impresión fue que alguien se aprovechó de lo ocurrido y quería hacerse con nuestro pago, pero al llegar a la sede del gremio descubrí que no se trataba de eso.

Mis intrépidos compañeros habían logrado regresar por otro portal, aunque el precio de su hazaña había sido alto. Alejados de la protección de Odín y de sus hijos, con la siempre débil resignación de Pelor como única baliza, la aventura se había cobrado la vida de Kincaid el Sarraceno y de “Hantonío”. Cuando me reuní con Harald y Mudo la cosa no fue todo lo bien que se esperaría para un reencuentro; fallar a la hora de auxiliarlos pareció escusa a Mudo, aunque Harald —mucho más razonable— comprendió mejor lo sucedido. Nótese que pese a que Mudo se hacía el ofendido no le tembló el pulso a la hora cobrar y repartir el dinero; lo único que lamentó fue haber perdido un caballo —ni siquiera el suyo—.

El gremio —indiferente al portal activo, como ya he dicho— nos pidió que explorásemos la siguiente fortaleza. Dadas las bajas necesitábamos un nuevo grupo así que colgué un cartel en el tablón de anuncios y no tardó en aparecer un semielfo llamado Nathaniel, todo ungido del mismísimo Pelor —semeja que el dios Sol decide intervenir de una forma más directa—. Según me contó durante la entrevista acababa de llegar de las ruinas bajo la fortaleza de “la ultima esperanza”, donde los Guardianes Grises habían caído tratando de explorar el lugar —supongo que el gremio se desentiende de esta clase de problemas con esta facilidad—.

Nazaliel cayó tan en gracia a Mudo que propuso nombrarlo líder del grupo; afirmaba que el sentido democrático con el que nos regíamos hasta ahora no le gustaba —supongo que tratando de salvarse tras su herejía—. Con sentido común, Nath, rechazó el nombramiento —uno se alegra de que Pelor deje de enviar autistas o tarados a este tipo de trabajos—.


El segundo en llegar fue el Bravo, quien nos había acompado en otras ocasiones. No me agradó la idea de volver a compartir filas con él, pero es evidente que un guerrero tan fuerte siempre es útil, así que reservé mi opinión para otro momento.


En tercer lugar se presentó un elfo, un devoto de Bahamut que, tras sus servicios, fue recompensado con un leve acceso a la magia divina —por eso considero que su nombre es relevante—. Responde al nombre de Curufinwë y es uno de esos afamados arqueros elfos.


Con un nuevo grupo formado y una breve misa en honor a Tyr pidiendo su bendición nos encaminamos a explorar la que decían era la peor de las ruinas; los restos del antiguo templo de Tiamat bajo la sede del gremio. En realidad nos encontramos con un buen numero de pasillos y puertas cerradas mágicamente, nada relevante hasta que, tras una de ellas ,se encontraba un portal activo y escondido bajo un hechizo de ilusión. Si esto no fuese suficiente otro de fuerza nos empujó hasta obligarnos a entrar en el portal.

Allí dimos con nuestros huesos en lo que semejaba un templo de Fharlanghn descuidado desde hacía tiempo. Por fortuna, Curfigüe es un experto montaraz y supo no solo guiarnos, sino conseguir un buen venado para que comiésemos y sacarnos del bosque donde se encontraba el templo.

Al linde de este nos esperaba un hombre joven que afirmaba esperarnos. Se identificó como Willpath, un clérigo de Fharlanghn. Según él su dios le dijo que se encontraría con un grupo de aventureros que le ayudaría a resolver un problema con su herencia. Tras debatirlo un buen rato y sin una conclusión firme nos dejamos arrastrar por su promesa de que nos ayudaría a regresar al gremio una vez arreglase sus problemas.

Willpath era uno de los treinta y algo hijos de William, señor del condado de Willcox, quien organizaba una especie de torneo para elegir a su heredero; buscaba un líder militar capaz de mantener el condado unido y fuerte frente a las posibles amenazas que surgieran en un futuro.

Si la situación no fuese ya lo suficientemente extraña, el muchacho residía en una casa mágica capaz de caminar por sí sola —ni que decir tiene que el impresionable Mudo quedó encantado con ella—, en la que nos condujo hasta “Fuerte William”, lugar donde vivía normalmente, para presentarnos ante su padre.
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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Lun Dic 29, 2014 1:04 am

Séptima jornada

Una vez alcanzamos “Fuerte William” y se hicieron las debidas presentaciones se nos explicó sin mucho detalle en qué consistían los juegos para las sucesión. También indagamos por alguna forma de regresar a nuestras tierras. Tras solo recibir respuestas vagas y alguna promesa de Willpath acabamos aceptando ayudarlo en los juegos por la sucesión, aunque aquello parecía que se convertiría en una masacre.

Nos repartirnos el trabajo de entrenarlo para ser el líder que buscaba el padre entre sus treinta y tres hijos. Nathalien lo instruiría en filosofía, pues un buen gobernante debe ser justo; el Bravo lo instruiría en táctica,  pues un buen general debe ser astuto; yo lo instruí en el acero y las artes de la corte, pues un líder debe ser audaz. Mientras, Curufigüe exploraría los templos de Fharlangh en busca de una salida de aquel lugar.

Tras los primeros días de entrenamiento comenzamos con un plan para granjearle una buena fama a Willpath, así como el respeto de quienes serían sus vecinos cuando lo pusiéramos en el poder —no nos cabía la menor duda de que así sería—.

Para lograr esta buena fama nos hicimos con buenas sobrevestas que nos dieran una aspecto uniformado y una brillante armadura para que Willpath tuviese todo el aspecto del líder en el que se estaba convirtiendo; luego, nos enteramos de qué lugar necesitaría la intervención de un héroe.


El condado de Balacruf, vecino del de Willcox, fue siempre un lugar de tierras negras plagadas de muertos que regresaban de sus tumbas; en otras palabras, el lugar perfecto para forjarse un nombre. Hasta allí nos dirigimos; por el camino conocimos grandes ciudades y hasta una orden de caballeros de Pelor, pero dejamos atrás el turismo para llegar al lugar más afectado.

La ultima ciudad del condado de Balacruf tenía por nombre El Fin, donde el propio conde Azrael residía; estaba siendo asolado por una plaga mágica que hacía enfermar a sus gentes, para luego hacerlas volver de la tumba.

Allí nos dividimos en dos grupos; Nazaliel investigó por la zona con la ayuda de Cufigüe, mientras el Bravo y yo acompañábamos a Willpath a visitar al conde Azrael. Puedo comprender que, en tiempos duros como aquellos, los modales se pierdan, mas en este caso se llegó a una falta de respeto absoluta negándonos el portar nuestros símbolos de estatus. Además, nos sorprendió una tormenta mientras nos hacían esperar en sus salas mal iluminadas.


El dialogo duró poco y el conde aceptó nuestra ayuda, así que nos reagrupamos y comenzamos por explorar el cementerio. No tardamos en encontrar un doble fondo en una cripta que conducía a una red de túneles que conectaban el pozo del que bebía El Fin con lo que luego descubriríamos era una torre.

En la base de esa torre dimos con un almacén custodiado por unos guardias del conde; al parecer estaban hechizados de algún modo. Tras reducirlos exploramos parte de la torre, pero un juego de ilusiones nos hizo acabar fuera de ella; además, un poderoso encantamiento la ocultaba de la vista.

Regresamos a El Fin para planear nuestro siguiente paso. Conocíamos la fuente del problema, pero necesitábamos atrapar al autor, así que nos ocultamos en las inmediaciones del pozo y en paso inferior para sorprender a cualquier persona sospechosa; para nuestra sorpresa una marabunta de ratas se arrojó a las aguas.

El Bravo y yo corrimos al lugar del que provenían las ratas, para ser sorprendidos por una explosión de fuego mágico —Sutr siempre se alía con los perversos—, sobrevivimos por pura fortuna, pero con Tyr de nuestro lado las heridas se cerraron tan rápido como se abrieron. Sabedores de que perseguíamos al culpable, redoblamos nuestros esfuerzos hasta la torre protegida por la magia de aquel hombre demente.


Nos reagrupamos de nuevo y nos adentramos en la red de túneles subterráneos. Allí, aquel nigromante lanzó contra nosotros una hueste de zombis que no fueron rivales digno para nuestros aceros guiados por el Dios Manco.  Finalmente lo acorralamos en lo alto de su torre. Como ya he dicho, teníamos a los dioses de nuestro lado y la justicia fue servida.
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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Jue Ene 15, 2015 8:41 pm

Octava jornada

Al regreso al fuerte William siguieron dos largos meses de entrenamiento en los que fui conociendo más a mis compañeros de andanzas; el Bravo, generoso en las amenazas de muerte, resultó ser el cabecilla que acabó con el régimen esclavista del Imperio Escarlata —toda una proeza por lo que paso a utilizar su nombre: Brakar—.

Durante esos dos meses, Willpath pasó algún que otro momento confuso debido a la presión a la que estaba sometido, pero su sentido común prevaleció evitando que cometiese algún error irreparable.

Así llegó el día en que darían comienzo los juegos por la sucesión. Consistían en agrupar a los hermanos de cuatro en cuatro y cada uno de ellos tendría hasta diez hombres bajo su mando; Willpath prefería ser uno de los que iba a luchar, algo propio de quien tiene madera de líder.

Nosotros nos enfrentaríamos a Willem, Willford y Willsor. Lo único destacable es que uno de ellos se había hecho con la ayuda de un grupo de magos y caballeros; por lo demás, el resto eran una amalgama de montaraces y mercenarios. Nuestro grupo lo completaron algunas espadas de alquiler.

Valiéndonos de la casa mágica de Willpath nos adelantamos a nuestros rivales para poner el terreno de nuestro lado. Allí nos hicimos con una buena posición oculta en un bosque desde la que controlábamos el terreno por donde se accedía al lugar.

Tras tratar de arreglar el asunto por la vía diplomática, dividiendo a nuestros adversarios y formando algún pacto de no agresión, uno de los ineptos que tiene Willpath por hermano acabo haciendo que derrotásemos a los dos que habían llegado en cuestión de horas.


Por fortuna solo hubo que lamentar una baja; eso sí, de un buen guerrero al que Tyr llamó al Valhalla. Para el día siguiente apareció lo que quedaba de la comitiva del cuarto hermano. Aquellos magos y caballeros habían sufrido un duro golpe; al parecer, uno de los hermanos mayores de Willpath contaba con el apoyo de un afamado guerrero conocido como el Asesino de Mil Hombres.

Este individuo, aprovechando la situación y seguido por una fuerza de fanáticos de su persona, había dado un golpe de estado. La situación era la propicia, con un gran número de fuerzas desperdigadas por el condado y con fuerte William desprotegido el golpe debió resultar realmente sencillo.

Así fue cómo los cuatro hermanos acordaron repartirse el trabajo. Willpath dirigiría todas las fuerzas de las que disponíamos hacía la batalla y sus otros hermanos buscarían la ayuda de la numerosa familia.


Cuando regresamos a las inmediaciones de fuerte William la situación era tensa; habían dado muerte a muchas personas y a los campesinos los compraban con la promesa de no pagar impuestos.

Brakar y yo, junto a uno de los mercenarios —al que pasé a llamar el Asesino de mil piezas de oro— hicimos las labores de exploración. Quien aceptase la oferta debía firmar con su sangre la adoración al Asesino de Mil Hombres; no queriendo arriesgar nuestras almas evitamos adentrarnos más en las filas del enemigo.

Esperamos a la noche para entrar en fuerte William al amparo de las sombras y allí dimos con un grupo de supervivientes dispuestos a combatir. Con ese punto de entrada fuimos capaces de hacer entrar a nuestras fuerzas y descansar unas horas antes de actuar.

Todo parecía indicar que el padre de Willpath sería ejecutado como punto final de la ascensión al poder del Asesino de Mil Hombres. Pero para su desgracia Tyr nos acompañaba; Brakar, quien durante estos dos meses tuvo tiempo de hacerse a la ciudad durante sus lecciones de táctica, ideó un plan de rescate.


En resumen, un grupo rescataría al padre de Willpath mientras el resto contendría a las fuerzas del Asesino de Mil Hombres. La emboscada fue un éxito y lo pudimos sacar de allí sin problemas, pero en medio de aquella refriega estaba aquel líder.

Nath, fiel a sus votos de paladín, se lanzó a por él; aquello iba contra el plan pero era su oportunidad de brillar. El Asesino de Mil Hombres era un oponente formidable que no tardó en herir de gravedad a Nate. Apoyado por Brakar me lancé a su rescate; parece ser que Tyr tiene en alta estima a Pelor, pues siempre me coloca en tesitura de salvar a alguno de los fieles del Sol.

Cuando cerré las heridas de Nath íbamos a comenzar una retirada antes de vernos atrapados por el mayor número de las fuerzas del Asesino de Mil Hombres, pero el paladín es un testarudo insolente que volvió a la carga. Ignorando la posibilidad de ser rodeados, Brakar y yo fuimos a por la cabeza del afamado asesino.

Tyr nos guardó y guió nuestros aceros, pues dimos muerte a aquel que se proclamaba inmortal, un dios en la tierra. Con la cabeza de este entre nuestros dedos el pánico corrió entre sus seguidores y con él nuestra victoria.


Aún tuvimos que permanecer unos días más en aquellas tierras, pero Willpath cumplió su palabra ayudándonos a regresar a las nuestras. La magia de los portales nos llevó al sótano de la gran catedral de Pelor en Rockaxe y a nosotros a la siempre dispuesta mesa de tío Dave.
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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Lun Feb 09, 2015 10:41 am

Novena jornada

Tras los acontecimientos en el hogar de Willpath y pudiendo disfrutar de un dormitorio que no debía compartir con mis hermanos de armas me concedí unos días en la casa de tío David. Así, además de ponerme al día con los acontecimientos de los últimos meses —al parecer una fortaleza enoriana aún bajo el control de los semi-dragones se había liberado hacía poco y aquello era la comidilla del reino— lo ayudé haciendo de correo entre los diferentes miembros de mi familia y, finalmente, visité a mi madre —lamentablemente no pude ver a mi padre que, por negocios, había vuelto a Orenheim— y a mis hermanos pequeños. Fue realmente agradable sentarme otra vez a su mesa, tener tantas historias que contar… me pregunto si echaré tanto de menos la aventura el día que forme mi propio hogar. Ahora, viéndolo en perspectiva, me siento dividido; por un lado está lo mucho que disfruto compartiendo la mesa con mi familia de sangre y por otro la satisfacción de compartir penurias con mi familia de acero. Supongo que Tyr tiene algún plan para mí y, cuando llegue la hora la decisión, será mucho más sencilla que una conjetura con sabor a nostalgia.

Pero por lo de ahora debía volver al gremio. Aún no había cobrado el último trabajo y ya comenzaba a necesitar algo de acción. Ensillé mi caballo y me presenté justo a tiempo de recibir un nuevo encargo. Darren “el abstemio” se había acercado a nuestra mesa y nos encargó un trabajo de exploración —al parecer, tras nuestros abundantes éxitos, el gremio había logrado conectar uno de los portales con el punto que servía de nexo en la red de estos y como éramos los más veteranos en el viaje por portales nos lo encargaba a nosotros— en una ciudad desconocida donde no se sabía que podía haber allí. Definitivamente, para no reconocer que Tyr brindaba la mejor bendición, el gremio parece muy dispuesto a sacar todo el partido posible a la custodia divina que siempre, y por fortuna, me acompaña gracias al poderoso Tyr.

Antes de viajar a lo que prometía ser un lugar terriblemente inhóspito nos presentó a una joven semi-elfa llamada Tanit. Uso su nombre ya que el propio Darren dio su recomendación personal sobre sus habilidades, diciendo que era quien de desarmar las posibles trampas que nos obstaculizasen el camino. Luego fui a pertrecharme para la ocasión —Harald me dijo que hacía poco habían ayudado a un herrero enano a instalarse en el gremio—, así que me acerqué a conocer al maestro forjador y hacerme con una de sus piezas. La verdad es que aquel enano era la encarnación de todos los rasgos que han hecho famosos a los enanos: un carácter áspero y una forja soberbia. Siendo sincero, la espada que compré valía hasta la última pieza de oro, una lástima que el acabado fuese tan convencional y poco personal; en algún momento buscaré un orfebre que pueda grabar en ella algunas runas. Si va a ser la espada que deje a mis hijos quiero que tenga la bendición no solo de Tyr, sino de Odín y mis antepasados.

Cuando ya nos hubimos equipado viajamos hasta Highorn a través del portal en los sótanos del gremio y ya desde el de Highorn a la ciudad que deberíamos explorar. La verdad es que, salvo una sensación de mareo propia de atravesar estas construcciones, no sucedió nada relevante. Así nos vimos en lo alto de una torre en la cual se encuentran diferentes portales en sus diferentes niveles; custodiando ese lugar conocimos a Eonus —una justancorte— que nos concedió una estancia de un día dado que Tyr nos vigilaba.


Bajamos de la torre y nos topamos con una ciudad prácticamente abandonada, así que mientras buscábamos a alguien a quien preguntar indicaciones nos encontramos lo que parecía ser una taberna. Pese al gran espectro de seres extraños que había allí dentro, lo que más me sorprendió fue encontrarme a un viejo conocido de Crossroads. Nos explicó que la mejor forma de permanecer allí era lograr la bendición de una deidad o estar acompañados por un elfo, también se ofreció a acompañarnos por la ciudad pero sus negocios se lo impidieron así que nos presentó a una joven llamada lady Salazar.

Con nuestra nueva compañera —¡cómo son las cosas! Meses sin conocer a una mujer con los redaños necesarios para la aventura y, en un día, conocer a dos— nos acercamos a los templos; el de Pelor abandonado cuando sus fieles se asustaron por la proximidad de unos elfos de piel oscura, el de Heironeus cerrado y receloso de relacionarse con cualquiera por el mismo motivo y, finalmente, uno en honor a Bahamut que conservaba la dignidad en medio de aquel caos. A cambio de que resolviésemos un problema que sus devotos no eran capaces, la sacerdotisa de Bahamut nos prometió un pase para la ciudad.

Cansado de ser el portavoz de Tyr que acaba arreglando —y sangrando para ello— los desaguisados acepté, pues el fin parecía justificar aquel medio. La ciudad de los portales está dividida en porciones, cada una de ellas separada por unos gruesos muros. Nuestro objetivo era inutilizar unas balistas para que los siervos de Bahamut pudieran dar muerte a los elfos de piel oscura. Así que buscamos una ruta por la que flanquear a los elfos, para entrar en la torre en que se habían acuartelado.

Con la magia de lady Salazar, las bendiciones de Tyr y las habilidades de Tanit acabamos en lo alto de aquella torre sin ser vistos, así que comenzamos el descenso por su interior con el factor sorpresa de nuestro lado —desde luego era el lugar menos probable por el que recibir un ataque—. Pese a todo el combate fue encarnizado, esos elfos de piel oscura eran capaces de crear una oscuridad tan densa que solo algunas magias eran capaces de atravesarla. Durante el combate Tanit fue herida de gravedad; por fortuna, el buen acero enano agradaba a Tyr, que me permitió abrirme paso hasta ella y poder sanarla con la magia que me concede el Dios Manco.

Tras una sangrienta victoria en la torre pusimos en fuga a los elfos con el apoyo de los devotos de Bahamut. Luego, la sacerdotisa nos entregó un par de brazales que servirían de salvoconducto. Con el trabajo cumplido regresamos a la sede del gremio donde se nos pagó con pocos o ningún agradecimiento. Total, tan solo ayudamos a sus hermanos de fe…
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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Mar Mar 10, 2015 5:11 pm

Décima jornada

Tras la dura refriega en la ciudad de los portales — a la que llamaré Cuatropuertas por comodidad, pues no sabemos si tiene nombre siquiera— y entregar el informe pertinente en el gremio solicitaron mi ayuda como escolta de los que iban a estudiar los portales. Argumentaban que mi sintonía divina y mi experiencia en el lugar serían de gran ayuda o, en común: mandamos a nuestros expertos, por favor, atrae la protección de Tyr sobre ellos. Pasé bastante tiempo allí, un lugar muy aburrido, por lo que me hice con un tablero y unas cuantas fichas que me prestaron en la taberna donde suelo ir a beber con mis compañeros de viaje. Supuse que Eonus también estaría algo aburrido; era realmente un oponente magnifico, aunque él no podía dar efectos visuales y sonoros a la lucha entre alfiles, caballos, torres... —en principio puede parecer una forma un tanto irresponsable de usar la magia, pero en realidad es un truco muy simple que poco más puede hacer y Tyr me lo ha concedido por algún motivo—.

Así que cuando mis compañeros regresaron de explorar las últimas ruinas élficas conocidas y vimos una oferta de trabajo me lancé encantado, aunque nuevamente tuviese que arreglar los problemas de Pelor y su iglesia. El invierno había caído sobre nosotros y la “abadía de la luz del alba” —que suele verse a días de distancia independientemente del clima— se había perdido entre las ventiscas de nieve. La abadía está construída entorno al lugar donde el mayor paladín de Pelor ascendió a los cielos dejando un pilar de luz permanente; además, es donde se produce la mejor cerveza de las Highlands. Uno calienta el alma de los fieles de Pelor y el otro los corazones del resto.

El viaje hasta la abadía fue más duro de lo esperado y uno de mis compañeros fue atenazado por el helor —Thrym asediaba aquel lugar con vientos helados como su corazón y aullidos ululantes—, así que nos vimos obligados a forzar la marcha para alcanzar el calor de la abadía antes de que el frío se cobrase su peaje. El esfuerzo mereció la pena y en cuanto alcanzamos el lugar el clima se relajó de forma brusca. Los buenos monjes de Pelor nos dieron cobijo y alimento —creo que Crufiwuë debería ser invitado a toda clase de comidas, nunca vi a nadie tan agradecido con un plato caliente—. Tras entrar en calor comenzamos a examinar el lugar en busca de indicios que revelasen por qué aquella luz había perdido potencia.

Una exploración meticulosa y los redaños de Brakar —el cual se descolgó por una pared prácticamente lisa— nos llevó a encontrar los sótanos de la abadía donde descubrimos la armadura del famoso paladín Eoros, el primero y más grande de los ungidos de Pelor y al cual se le atribuye la luz que emana de la abadía. También encontramos indicios de que la relación sentimental que mantuvo Eoros con una supuesta elfa llamada Karma podría haberse visto truncada por la intervención de terceros.

Tras localizar una entrada más segura a esos sótanos comenzamos a explorarlos. Allí, atrapada en un sueño mágico, nos encontramos con Karma, una hechicera elfa de furibundo temperamento a la cual nos fue difícil tranquilizar; evitando finalmente un combate del que no creo que pudiésemos salir airosos. Como ya sospechábamos, y Karma nos confirmó, se trataba de un dragón despertándose. Salimos de aquel lugar arrastrados por una corriente de aire que la propia Karma invocó y en la parte superior nos preparamos para lo que se aproximaba.


Por fortuna, unos recios enanos que cazaban quimeras se nos unieron en la lucha. Uno de los sacerdotes, el cual nos había encerrado con Karma —seguramente con la esperanza de que nos eliminásemos entre nosotros— era, en realidad, un siervo de Tiamat que se aseguró de desaparecer hasta que el dragón hizo acto de presencia. Era una criatura espléndida, sus escamas blancas recordaban a la nieve más pura y sus rugidos a un alud. Cuando se dispuso a recoger al siervo de Tiamat, Crufiwuë, disparó dos precisas flechas a una distancia inaudita derramando así la primera sangre.

El dragón no tardó en sacar provecho de su vuelo y de su aliento. Con la primera pasada dio muerte a uno de los cazadores de quimeras, pero el otro lo alcanzó con un arpón, evitando su próxima arremetida. Con él en el suelo nos lanzamos para acabar con su vida. Como es evidente, la furia de aquella criatura paralizaba de miedo a quien careciese de valor, pero para su desgracia si algo sobra a los protegidos por Tyr es el valor y la determinación —por no mencionar que en aquel momento Tyr me permitió invocar su bendición sobre las armas de mis aliados—.

El primero en caer fue el sacerdote de Tiamat, y de no ser por la sanación mágica que me ha sido concedida el siguiente habría sido Crufiwuë. Mantenerlo con vida me valió unas buenas heridas que ahora lucen como cicatrices. Mientras soportábamos los envites del dragón, Brakar logró atravesar las gruesas escamas de la bestia poniéndola en fuga. Nuevamente, con la ayuda de los arpones y la bendición de Tyr, lo mantuvimos en el suelo. Como empezó acabó; Crufiwuë, el cazador de dragones, remató a la criatura alojando una flecha en sus sesos.

Tras la muerte del dragón y asegurarme de que la victoria era dedicada al poderoso Tyr —el cual espero vea con orgullo el buen uso que hacemos de su protección— nos hicimos unos colgantes con su dientes, Crufiwuë, una armadura con sus escamas y yo una vaina para el acero que en algún momento espero llegar a encantar con la voluntad de lucha del Dios Manco.
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Re: Diario de Aventura

Mensaje  Arem "Norteño" Holf el Miér Abr 15, 2015 8:28 pm

Undécima Jornada

El gremio volvió a requerir mis servicios para trabajar con los portales. Buscaban una forma de abrirlos a otros lugares; ensayo y error, básicamente. A muchos nos mantenían alejados de la guerra que se desarrollaba en aquel lugar, alegando que no era asunto nuestro. Se ve que no quieren la ayuda de Tyr, dios de la guerra, así que estuve bastante aburrido con esos experimentos. Conociendo ya las bases para abrir los portales más frecuentes, así como crear una gema para abrirlos poco más podía hacer por allí. Lo más importante es que he mejorado mucho en el ajedrez dramático que juego con Eonus.

Así, entre jornada de tedio y jornada de tedio, apareció un reclamo en el tablón de anuncios que me reunió con mis compañeros de armas —Crufiwuë, Brakar, Harald— y dos nuevas incorporaciones: Dara, la segunda mujer que admitía el gremio —me planteo si son tan necios de aplicar políticas machistas en la admisión de nuevos miembros— y Esterben, un hechicero nacido de la falta de sentido común. La pagadora era alguien ajeno al gremio, la capitana Valeria, que buscaba valientes para atravesar las tierras muertas. De no ser por la presencia del hechicero Estela, la inconsciencia de Valeria me llamaría mucho más la atención.

Con un magnifico plan de avanzar en línea recta y a ciegas, Valeria se creía en posición de prejuzgar a mis compañeros —supongo que mi sangre azul o, simplemente, mi condición de clérigo frenaron su lengua—. Casi lo olvido, todo esto con la bendición de Heironeus y sus clérigos del valor —el valor de unos pies rápidos supongo—. Así que, con una larguísima comitiva, caminamos sin mejor plan que ir en línea recta por un páramo de cenizas envueltos en una niebla increíblemente densa, que incluso dificultaba poder oír con claridad.

Así dimos, sorprendentemente, con la torre de Ahm —el primer gran ilusionista de los hombres, tras liberarse del yugo de los elfos—. El lugar no solo se encontraba conservado en perfectas condiciones, sino que estaba habitado por unas gentes que semejaban ser autómatas.

Antes de seguir voy a aclarar que la brevedad con la que trataré el tema se debe a que una transcripción completa de las conversaciones resultaría impracticable.

Allí conocimos al supuesto Ahm, digo supuesto porque debería ser un hombre de casi mil años de edad, y comenzamos a indagar por el lugar. Muchas conversaciones después y la vigilancia de un “viejo amigo” —vino de polizonte— por mi parte. Causando cierto caos acabamos por desmontar la ilusión del lugar.

Insisto, soy así de escueto porque la gran parte de las acciones y conversaciones tuvieron lugar de formas simultáneas haciendo que no estuviese presente en su mayoría, y no porque quebrar un hechizo de tal poder nos resultase sencillo, no se debe subestimar la obra de Loki.

Nos vimos abriéndonos paso hasta el sótano de la torre, ahora en ruinas, para hacer frente a lo que quedaba de Ahm. La lucha fue atroz, diferentes sabuesos infernales acudieron al combate y descubrimos por la vía dura que Ahm no solo dominaba las artes arcanas sino que era un guerrero muy capaz. Como dije, Loki sabe muy bien a quién hace enloquecer para que lo sirva, pues Ahm era víctima de la locura.

Mientras, nosotros seis dábamos muerte a los sabuesos del infierno y lográbamos apresar a Ahm, algo que casi cuesta la vida de mis compañeros. La veintena de siervos de Heironeus fueron masacrados en una victoria pírrica contra otros dos de esos sabuesos. Como ya he dicho, no todos los dioses pueden proteger a sus siervos como lo hacen los hijos de Odín o, en mi caso concreto, Tyr.
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Arem "Norteño" Holf

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