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Mensaje  Rafa el Mar Dic 09, 2014 1:29 pm

Un día cualquiera Brakar entra en la forja improvisada que, poco a poco, crece junto a la pirámide. Entre paredes de madera y techos de lona un maestro herrero, enano para más señas, se afana en armar a una creciente marea de aventureros.

Sin mediar palabra, estampa un trozo de pergamino en el que ha dibujado torpemente un arma.

El enano, sin mediar palabra, toma el maltrecho papelote y lo examina mesándose la barba. De pronto estalla en una carcajada.

El semiorco enrojece, primero de vergüenza, luego de ira. - ¡No te rías de mí maldito! Ya se cómo dibujo; pero está bien claro. Teníamos que haberte dejado en el fin del mundo... - gruñe.

- No me río de tu dibujo; mendrugo. Solo es que me gusta la gente que sabe lo que quiere.

- Si... Bueno... He estado más allá de los portales y he visto armas como esa... ¿Puedes hacerla, o no?

- ¿Qué si puedo hacerla? ¡Ja! ¿Cuánto te mide el brazo?

Días después Brakar entrena en solitario. Con su gigantesco torso al descubierto. Estampando un mazo de guerra contra unos indefensos barriles.

Un martillo de frente redondeada con una larga uña trasera y una amenazadora púa que mira al cielo. Cuatro codos de mástil con un anillo protector en el centro. Sin adornos ni florituras... un arma para la guerra.
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Rafa

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